Old Joy, la caducidad de la amistad

Kelly Reichardt sorprendía a todo el mundo con su segunda película, una década después de su debut River of Grass debido a las dificultades para encontrar financiación. Pero a pesar de su triunfo entre crítica y público, pasó desapercibida y quedó como una de esas películas invisibles que Cahiers du Cinéma citaba en una de sus listas.

Tras este parón de diez años entre película y película, Reichardt ha estudiado y trabajado en otros proyectos, depurando su estilo y desarrollando un sello personal realmente marcado. Si bien en su ópera prima sus rasgos distintivos ya estaban presentes, es aquí cuando toman una forma tangible y a partir de donde se extenderán por el resto de su filmografía.

Old Joy es una película de silencios, que nos invita a contemplar la apertura de los dos protagonistas, masculinos, mientras pasan unos días de excursión en busca de unas aguas termales perdidas en el bosque. De este párrafo querría destacar dos palabras, que serán los temas principales de la cinta: apertura y masculinos.

Apertura porque cuando comenzamos a seguirlos, asomándonos durante unas horas a sus vidas ya formadas, tenemos una lectura superficial de ambos. Dos personas que intentan reconectar tras muchos años sin verse, sin éxito, y que para ello utilizan esos recuerdos de juventud que tanto añoran, representados mediante anécdotas u objetos como pueden ser unos discos de música.

Esta barrera que se levanta entre ambos, invisible pero notoria, es mencionada por uno de los dos a la mitad de la película. Pero mientras más se acercan al bosque, más consiguen abrirse y conectar consigo mismos y entre ellos. Como si Reichardt nos presentase la naturaleza como algo balsámico, a pesar de que ciudad y bosque son lo mismo a día de hoy.
El paisaje juega un papel importante en la película
Una barrera que existe debido a las decisiones vitales que han tomado y que les han hecho tomar rumbos distintos en sus vidas. Mientras que uno de ellos es un próximo padre de familia agobiado por el trabajo y dedicado a mejorar el entorno donde vive, el otro aún vive cercano a su juventud, como si el tiempo se hubiese detenido para él, visitando a viejos conocidos, bailando al lado de hogueras y yendo de un lado para otro, sin atarse a nada e incluso reconociendo la valentía del primero al entender el grado de compromiso que ha adquirido para con su comunidad y su mujer. ¿Cómo puede algo tan precioso como la amistad marchitarse de este modo tan frío? Reichardt nos muestra que las relaciones también son caducas y más si nos vemos absorbidos por un sistema en el que la presión económica (el trabajo, la radio que suena de fondo hablando sobre política) es la fuerza motora de nuestro día a día.

Por suerte, les conoceremos más profundamente a medida que la película avanza, a medida que la directora les da tiempo para abrirse a su ritmo, sin agobiarles, porque ante todo son personajes humanos, algo que me fascina de las películas de Reichardt es la humanidad de sus personajes. Reducidos la mayoría de las veces a los elementos básicos y necesarios para entenderles, pero sin perder profundidad por ello. Conoceremos sus sueños y su soledad y seremos partícipes de ellos mediante pequeños gestos, silencios largos y un paisaje lluvioso que casa la mar de bien con el tono de la obra.

Masculinos porque Kelly Reichardt indaga en el problema de la masculinidad y el miedo que tenemos los hombres a mostrarnos vulnerables al no ser lo que se espera de nosotros. Mostrado de manera preciosa en el momento de la hoguera pero, sobre todo, en el baño del final. En el que Kurt le da un masaje a Mark, sintiéndose este incómodo al principio ante un contacto cercano, cariñoso, inesperado y no acostumbrado entre dos hombres, no aceptado realmente por nuestra sociedad, pero cerrando los ojos y dejándose llevar al final, mientras la cámara se centra a la vez en el agua, en las babosas y en el verde del paisaje que les rodea. Esta vulnerabilidad y este desarme de los valores masculinos actuales son temas recurrentes en la filmografía de la directora.
En el fondo es una road movie, así que los restaurantes de carretera no podían faltar
Una película realmente bella que es capaz de llegar a las fibras sensibles de uno mediante la simpleza y la sinceridad del relato, nada recargado y reducido a los mínimos necesarios para transmitirnos algo. Con un final amargo, en el que no ha cambiado nada para los protagonistas al volver a reconectar con su realidad tras la excursión, reconexión marcada por la radio transmitiendo noticias, pero que, al menos, les ha permitido saborear la dulzura de la amistad una última vez.
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