El arte de volver

Cuando voy al cine espero sumergirme en un mundo distinto o familiar durante un par de horas, con sus propias reglas y sus propios habitantes. En el primer caso tenemos que hacer un pequeño acto de fe para confiar en los autores o autoras que han confeccionado ese mundo que se despliega ante nuestros ojos, confiamos en que sea algo creíble y coherente con las normas que nos enseñan, ya sea un universo mágico como el de Harry Potter o un mundo donde el tiempo va hacia atrás y hacia delante, como en Pep Tenet. Pero cuando es un mundo cotidiano y con el que podemos sentirnos identificados, ese salto queda reducido a nada y podemos hundirnos de lleno en lo que se nos está planteando, lo que no significa que tenga que ser más fácil que nos guste o conectar con ello. Este segundo tipo de universo es en el que se sitúa El arte de volver.

En una industria como es el cine, donde muchas veces son las mismas voces de siempre las únicas en salir adelante, es de agradecer que se le deje hueco a nuevos cineastas: más frescos, con nuevas ideas y con mucho que decir, como es el caso de Pedro Collantes con esta su primera película (aunque ya llevase tiempo moviéndose en la industria). Y además lo hace acompañado de Macarena García, ganadora de un Goya y una actriz que conecta muy bien con todo lo que se cuenta en la cinta.
A pesar de que El arte de volver trata sobre un regreso a casa y el intento de retomar ciertas relaciones desde donde se quedaron, no es necesario haber vivido una experiencia así para identificarse con los distintos encuentros que tiene la protagonista, Noemí, y los sentimientos que le provocan. A veces, de manera más egoísta, espera que las personas que un día dejó atrás sigan en el mismo punto en que se quedaron, sin haber avanzado, pero se da de bruces con la realidad al ver que el mundo no se ha detenido durante su ausencia. El proceso de aceptación de esta situación, de que la vida es movimiento y que nadie espera eternamente, es el núcleo de la película.

Esto se hace patente por primera vez durante el encuentro con su abuelo, que está muy enfermo en la residencia y que parece recibir un soplo de vida con su visita. Estas primeras conversaciones giran en torno al tiempo y a los recuerdos, en un momento corto pero tierno en el que ambos personajes recuerdan a la abuela con cariño y juguetean con las nuevas tecnologías que, aunque parece que nos acercan, muchas veces pueden hacer lo contrario. Es factible que algún boomer pueda preguntarse con esto si a día de hoy amamos peor que hace unos años, cuando no contábamos con las nuevas tecnologías y se escribían cartas en lugar de whatsapps, pero creo que se ama con la misma intensidad aunque los medios sean diferentes.

Después, Noemí tiene un encuentro con su hermana, quién le echa en cara el no haber estado ahí, aunque fuese al otro lado del WhatsApp, para apoyar a sus padres con la enfermedad de su abuelo. Es tan fácil verse absorbido por una rutina en un lugar lejano y dejar de lado a la gente que ha quedado atrás, alimentando nuestras raíces, que Noemí no da crédito ante estas acusaciones pero, a la vez, no es ajena a ellas y sabe que no puede ignorarlas. No es ni si quiera necesario estar en un lugar lejano, mucha gente se ve absorbida por el trabajo, que consume la mayor parte de su tiempo y de sus energías, y por el ritmo de vida rápido que nos impone la sociedad, prestando muchas veces poca atención a los vínculos afectivos a los que tendríamos que cuidar más, ya que es este mosaico de relaciones el que nos configura como personas.
Una de las secuencias más interesantes se da a mitad de la película y tiene que ver con esto, en la que se establece una equivalencia entre los pinos de Chéjov y las personas, ya que estos árboles crecen torcidos en distintas direcciones al igual que el curso vital de una persona corriente se modifica en función de los sucesos que le ha tocado vivir y de sus relaciones. Me hace pensar esta escena en que no somos del todo dueños de estos sucesos y crecemos buscando la luz que mejor nos ilumine, dejándonos llevar un poco por los vaivenes de la vida y quizá un poco frustrados por no poder enderezar este cauce como nos gustaría. Vivimos en un mundo que nos obliga a huir hacia delante continuamente y en el que es de débiles pararse a dudar o a mirar hacia atrás y, cuando miramos hacia delante, vemos un precipicio que se nos acerca rápidamente.

Me gusta El arte de volver porque admira y respeta el hecho de pararse a pensar en uno mismo y en otros y en lo que nos une a ellos. Aprecia el pararse a sentir sin hacer nada más. Es una película que guarda muchos puntos en común con los trabajos de Jonás Trueba (cuyo trabajo respeto mucho), a quién conocí gracias a una persona maravillosa, en este sentido del pararse a sentir y del transitar sin un sentido claro. Este sentir se ve muy bien en la escena del taxista, cuando se para a llorar en medio de la carretera y todos los coches comienzan a pitarle para que avance, sin si quiera preguntarse qué le puede haber pasado. No hay tiempo para estar mal porque siempre tenemos una presión externa más importante que nuestro malestar. Pero en este caso, para el conductor es sencillo abrirse con Noemí porque al ser extraños ella no tiene un juicio u opinión sobre él y, a veces, lo único que necesitamos es pararnos a llorar en el hombro de alguien, sea donde sea, conocido o desconocido, y esto también es un arte: tanto el permitirnos llorar como el ofrecer el hombro. Seguramente esta sea una de las cosas más complicadas de hacer, al menos para mí, el permitirme llorar frente a alguien y que me vea totalmente vulnerable, por eso esta secuencia me hizo sentir mucha ternura por el taxista.

Así, Noemí ha perdido su fachada a lo largo del día que pasa en Madrid, curioso siendo ella actriz, ganándose la vida "mintiendo" sobre quién es, para abrirse en canal frente a un extraño y frente a su abuelo, ya fallecido esa misma noche, mayormente. Y es sorprendente la sensibilidad y delicadeza que tiene Pedro Collantes para ir quitándole la coraza poco a poco.
Si algo nos enseña la película es que volver es todo un arte y que para dominarlo primero hay que conocerse bien a uno mismo, ya sea volver a tu tierra, a una relación pasada, a ser nosotros mismos o a las cicatrices de las heridas de guerra que nos han quedado. Hay que tener valor para volver a todo esto y enfrentarse a ello con la cabeza alta, no es sencillo y sí es doloroso, pero nos ayuda a avanzar y a entender que a veces de la ceniza puede salir un diamante. Nos enseña, por encima de todo, que los enfrentamientos internos que tiene cualquier persona son un arte, por su capacidad de removernos, de curvarnos y de hacernos sentir mil cosas, y que tenemos que asumirlo y hacerlo parte nuestra para seguir adelante un día más.
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Ubicación: Madrid, España
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