El juego de espejos de Orson Welles

Fraude (F for Fake) fue considerada una obra menor de Orson Welles que, por suerte, ha sido reivindicada con el tiempo. Es una película de una gran inteligencia pero que también sucumbe, por momentos, al ego del autor, del que ya es de sobra conocido que era un genio ególatra. Aún con todo, la obra podría estar perfectamente entre sus mejores trabajos y, casi con seguridad, entre los que más capas tienen a su alrededor, dispuestas a ser desgranadas una a una por el espectador y a suscitar debate.

Copia certificada, de Abbas Kiarostami, es la otra película que me vino a la cabeza al ver este trabajo de Welles. Ambas tocan temas relativos al arte y su verdad pero difieren, y mucho, en la forma. Kiarostami proponía un juego de espejos en el que los personajes protagonistas se convertían en actores en busca de algo que habían perdido hace tiempo u, otra posibilidad, es que no estuviesen fingiendo nada de lo que sucede y todo fuese fortuito pero no natural, sea como fuere, siempre dentro del marco de la ficción.

Kiarostami planteaba en su cinta una dicotomía entre la obra de arte original y sus reproducciones certificadas y la trasladaba al plano humano, al de las relaciones románticas en concreto, a través de dos personajes a la deriva que, según como queramos interpretarlo, preferían vivir un amor falso a uno verdadero, con todo lo que ambos conllevaban. En el siguiente clip, Kiarostami reflexiona sobre el amor con unas palabras muy bonitas e interesantes.

Por otro lado, Welles se centra mayormente, pero no únicamente, en la vertiente artística de esta reflexión, proponiendo otro juego de espejos en la forma de un ensayo, documental y película de ficción a la vez. Es precisamente esta mezcla tan explosiva la que es capaz de mantener pegado al espectador a la pantalla, ya que muy pícaro él, utiliza unos personajes reales que edificaron sus vidas entorno a la mentira como pueden ser el falsificador de arte Elmyr de Hory, el escritor Clifford Irving y el magnate Howard Hughes, y a todo esto le suma un par de trucos que tiene bajo la manga. Esto difumina aún más si cabe la línea entre realidad y ficción, pero todos tranquilos, porque el propio Welles nos asegura que durante la hora de película solo dirá la verdad, ¿pero acaso algunos de los datos que él ha utilizado para confeccionar el guión no eran ya de por sí falsos, por lo que sería solo su verdad?

De este modo y mientras nos cuenta la historia de las falsificaciones de obras de arte de Elmyr, él mismo aparecerá en la película como su yo real y como un personaje más, un mago, estableciendo un paralelismo entre los trucos de magia que nos asombran a pesar de saber que son falsos y la película que estamos viendo. Y no solo él se pasea por la pantalla, su pareja en aquel entonces, Oja Kodar, también tendrá un rol importante, sobre todo hacia el final, donde el director se atreve a contar escenas de la vida de Picasso que se relacionan directamente con la propia Kodar, mezclando la realidad de la actriz y directora con una ficción escrita para ella.


En este juego de espejos en el que a veces el propio creador divaga de más ante su reflejo (aunque siempre es un gusto escuchar su imponente voz), se hace un uso excelente de la edición y el montaje, siendo fluido, veloz y certero, también confuso por momentos, recordando a Jonas Mekas, Chris Marker o incluso al más tardío Satoshi Kon. Y este es uno los puntos más fuertes de la cinta, que te atrapa desde el primer momento gracias a los cortes rápidos y milimétricos que empalman una secuencia con la siguiente, saltando de una historia a otra de las muchas que componen el tapiz con fluidez, sin tener en ningún momento la sensación de que nos esté faltando información visual, aunque a veces nos cueste situarnos, porque Welles sabe que dosis tiene que darnos de cada cosa y parte de la esencia del cine, y de la magia, es esto mismo.

El propio director sigue siendo tan magnético y electrizante como siempre y se hace difícil apartar los ojos de él cuando llena la pantalla o no prestar atención cuando habla, ya que lo hace sin condescendencia y de tú a tú.

En medio de este tornado de imágenes que se deslizan ante nuestros ojos, el realizador nos va lanzando temas y dualidades; diseccionando el concepto de fraude, mentira, su aceptación social y la fina línea entre inocencia y culpabilidad en un caso como este (recordemos que el propio Elmyr siempre se declaró inocente y aseguraba no saber el destino de sus copias, las cuales no firmaba). El arte puede sobrevivir sin un nombre, el Lazarillo de Tormes es prueba de ello, pero un nombre no puede sobrevivir al paso de los años sin una obra. Por otro lado, la pregunta de donde está la frontera entre arte y la belleza estética o formal flota por todo el metraje de la cinta y la crítica al mercado del arte es más que evidente ya que, en contraposición a la pura apreciación artística, el mercado no juega a favor del arte, lo siento por los liberales, siendo el principal causante de la existencia de falsificaciones debido a los altos valores que alcanzan algunas de las obras.


En lugar de conformarse con todos estos temas, Welles también lanza su comentario sobre los llamados expertos y marchantes de arte, aquellos que ponen valor a una obra reconociéndola como original y que tantísimas veces han errado en su juicio y aquellos que las ocultan en puertos francos lejos de los ojos del resto de la humanidad, respectivamente. ¿Acaso una copia, identificada erróneamente como original, no es igual de buena únicamente por el nombre del autor o autora?¿Tendría sentido la existencia de estos expertos si no existiesen reproducciones no certificadas?¿Hasta que punto convivimos con la mentira en nuestra vida o hasta que límite estamos dispuestos a tolerarla aún sabiendo que está ahí, al acecho? Respecto a esta última pregunta, y a sabiendas de que no paramos de consumir historias de distintas formas, diría que convivimos mucho con ella y, más allá de la ficción, en cualquier medio de comunicación. También podríamos decir que los expertos no son si no aficionados con un séquito y cierta fama y, seguramente, demasiado poder para modificar las reglas del juego. Y podríamos añadir que, a veces, nos sienta fatal que se descubra el truco y necesitamos desahogarnos para sentirnos mejor por haber sido vilmente engañados, como cuando descubrimos el giro final de una película a la mitad de esta.

Retomando el hilo del documental, lejos de criminalizar a Elmyr, Welles más bien le admira y disfruta de mostrarle en pantalla, ya que sabe que juegan en la misma liga, aunque sí condena el uso ilegítimo del fraude. Él mismo, como reconoce en la película en un ejercicio de sinceridad, es un mentiroso nato desde los inicios de su carrera hasta aquel programa radiofónico que hizo creer a medio Estados Unidos que estaban siendo invadidos por marcianos, por lo que no corrió pena de cárcel al contrario que Elmyr, pero, sobre todo, es director de cine. Un director que se abrió hueco en Hollywood por sus mentiras, como si hubiese una doble vara de medir dependiendo del caso. Existe una especie de honor y de respeto no hablado entre estos personajes, si es que se les puede llamar así, y quizá también se atraigan entre ellos y eso sea lo que llevó al gran estafador Clifford Irving a fascinarse por la figura de Elmyr.

Jim Jarmusch dice que la originalidad no existe, que lo importante es coger solo lo que nos llena y el dónde lo ponemos. De este modo la obra será auténtica, aunque no sea original. Fraude es un documental sorprendente en contenido y forma, y que a pesar de la cantidad de ideas y reflexiones que presenta no se hace aburrido, más bien al contrario: atrayente e interesante, pero también denso. Es una reivindicación de la ficción y de su papel en nuestras vidas, pero también una aceptación de la complejidad de la verdad. Una película-documental que juega con el espectador sin tapujos para crear algo estimulante, caótico y entretenido. Nos recuerda también que cualquier arte, y en especial esta obra, está sujeto a la manipulación y está lleno de una falsedad que para otra persona pudo ser verdad. Que la autenticidad reside en algo más que en el nombre del autor o autora y que es mejor una copia a nada. Pero sobre todo, que el cine es la mejor y la mayor mentira que existe.

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Ubicación: Madrid, España
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