Lo que arde: parquedad de palabras y mucho sentimiento

Óliver Laxe posa su mirada en una tierra que conoce y que ama, y este amor es transmitido al espectador a través de largos, larguísimos, planos de los parajes naturales gallegos. Como si de una película del oeste se tratase, el paisaje toma un papel protagonista, que ayudará a Amador a purificarse.

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Las imágenes de apertura de la película son fantasmagóricas, durante unos minutos eres un búho en ese bosque, viendo como caen los árboles que te han dado cobijo bajo el paso de la maquinaria humana. La cámara recorre los troncos lentamente, con parsimonia, no hay tiempo para la prisa en este bosque, las cosas no funcionan así. Tras esta secuencia de presentación, la película da paso a las personas que viven entre estos árboles y a sus relaciones con ellos, mostrando la naturaleza como un refugio tanto espiritual como material.

Al igual que en Mimosas, Laxe ha escogido actores no profesionales para encarnar a sus protagonistas, lo que les dota de una cercanía que quizá no podría conseguirse de otro modo, sobre todo en el caso de Benedicta. La vida rural es retratada por el director con sensibilidad y sin ser idealizada (prueba de ello el final o el acoso que sufre Amador). Capturando este fluir del día a día es como quiere transmitirnos la paz de este estilo de vida más tranquilo, con actos cotidianos como el desayuno, el café de la tarde o el pastoreo.

No solo comparte con el western el hecho de que el paisaje sea un protagonista que habla tanto como las personas, si no también los numerosos primeros planos que aprovechan las facciones tan características del dúo protagonista.

Amador es un pirómano que sale en libertad condicional tras cumplir parte de su condena, que no es esperado por nadie y que prefiere caminar solo bajo la lluvia hasta su casa. Allí le espera su madre, Benedicta, que le acogerá con los brazos abiertos y con pocas palabras. "Estoy muy contenta de que estés en casa" dice durante la película, a lo que Amador responde con un silencio. Son personajes parcos en palabras, no exteriorizan sus emociones demasiado, pero Laxe hace de esto su mayor arma. Utiliza esos silencios y esas miradas, esos pequeños gestos, para que te transmitan todo lo que sienten o lo que piensan. A veces no hace falta hablar para decir mucho o para gritar. Me viene a la cabeza aquella escena de Rapsodia en agosto con la abuela y su amiga recordando las bombas de Hiroshima y Nagasaki en silencio.

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Benedicta tiene luz en sus ojos y grita amor, amor hacia sus vacas, que responden ante un nombre, amor hacia su casa, amor hacia su tierra, amor hacia su hijo. Seguramente amó como nadie en su juventud y este es el poso que queda, una mirada luminosa. Amador, en cambio, tiene una mirada triste, llena de culpa. Parece que sea ceniza por dentro y que no se perdone a sí mismo, primer paso para que le perdone el resto del mundo. Curiosa la escena en la que limpia el desagüe, como si ese agua que fluye fuese a limpiarle de todos sus actos, como si retirase la carga que lleva sobre sus hombros. Amador grita arrepentimiento mientras busca un hueco para él en ese mundo que desaparece poco a poco.

También se habla de estorbos en esta película. Por un lado de la inserción de especies que no son autóctonas y de como estas afectan a las de su alrededor, asfixiándolas. En concreto se menciona a los eucaliptos, que vienen de fuera, de tierras extrañas, crecen rápido y buscan la luz, sobresaliendo sobre el resto. Sus raíces se extienden a lo largo de kilómetros, impidiendo crecer a otras plantas. "Si hacen sufrir es porque sufren", dice Benedicta con la sabiduría que le dan los años, compasiva. Lo que arde es una película compasiva y comprensiva de por sí, aunque no justifique en ningún momento los actos de Amador, nos hace empatizar con él, porque Laxe, como ya ha dicho en sus entrevistas, sabe que el problema no es el estigmatizado pirómano, si no los intereses que hay sobre el campo por parte de gente mucho, mucho más poderosa. Amador podría ser un eucalipto que busca esa luz redentora y que, en su búsqueda y sin quererlo, crea sufrimiento a su alrededor. A veces se trata de intentar comprender a alguien ajeno antes de emitir un juicio de valor sobre él o ella.

Por otro, un grupo de trabajadores del pueblo está construyendo una casa rural con la esperanza de atraer turistas al campo. Amador se pregunta si eso le va a hacer algún bien a la zona. Tenemos entonces dos corrientes de pensamiento enfrentadas, los que quieren cambiar su modo de vida más tradicional y seguir estando cercanos a sus raíces y los que prefieren quedarse atrás, en el pasado, como hasta ahora. En ningún momento se emite un juicio durante la película a este respecto, quedará a juicio del espectador el decidir con cual se alinea más, pero no deja de ser interesante la mención a ese éxodo rural y a esa España despoblada.

Y por último, durante las secuencias finales del incendio real, que para grabarlas el equipo de rodaje tuvo que recibir entrenamiento e incluso parar de grabar para ayudar a extinguir el fuego como si de una brigada más se tratase, se aprecia la falta de recursos. No tienen mangueras en buen estado, el agua no llega a todos y el fuego sigue avanzando imparable. El fuego parece un elemento casi totémico, de veneración, en estas imágenes tan bellas, un elemento natural que purifica y destruye a partes iguales y, a veces, solo puede ser combatido consigo mismo.

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La película es cíclica en su estructura, en el sentido de que comienza con naturaleza, pasa a examinar como viven e interactúan las personas con ella y para terminar vuelve a la naturaleza. Como si de algún modo las personas también fuesen parajes naturales, integradas entre la primera y la tercera parte, parajes a descubrir y que también arden por fuera y por dentro con sentimientos. Lo que arde es el paisaje gallego, pero también la vida rural, extinguiéndose. Lo que arde somos nosotros.
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