
Cualquiera que haya visto alguna de las películas de Kelly Reichardt ya sabrá con qué va a encontrarse: un grupo de actores y actrices reducido, sobriedad, minimalismo y muy buen gusto. Pero en el caso de El atajo de Meek, Reichardt nos regala una mirada femenina al género del oeste realmente refrescante, valga la ironía.
Una mirada que se hace evidente en mil y un detalles a lo largo de las dos horas de película y que no habría podido ser dada por un director. Aparte de la psique femenina, Reichardt también puede indagar en las mentes varoniles con una precisión inusitada, analizando la masculinidad y los símbolos de poder masculinos y planteando diversos dilemas morales y juegos de poder.
En esta película el grupo protagonista, que se encuentra perdido en medio del desierto de Oregón buscando agua, está compuesto por cinco hombres y tres mujeres, pero todo el tiempo veremos los diferentes sucesos que acontecen desde el punto de vista de ellas. En una época en la que la mujer quedaba reducida a madre y ama de casa, sin posibilidad de ser partícipe en ningún proceso de toma de decisiones, la directora aprovecha para situar su cámara a favor de estas tres mujeres.
En los casos en los que hay un conflicto, como por ejemplo un juicio en el que varios hombres deciden sobre la vida de otro, la cámara se sitúa lejos, junto a ellas, que están observando desde la lejanía, y nosotros, como espectadores, no escuchamos nada de lo que dicen. Lo mismo sucede, por ejemplo, cuando los hombres se adelantan a buscar agua, abandonando el campamento durante un rato. Nuestro punto de vista se mantiene con Emily y compañía, que serán las primeras en encontrarse con el indio ¿salvador?
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| Las tres mujeres protagonistas |
Incluso en la proporción de aspecto de la película queda patente este enfoque, con un formato de 4:3 Reichardt emula las cofias que visten las mujeres de la caravana, que limita su visión y, por tanto, su realidad a un recuadro delante de ellas. Esta proporción de aspecto también es una herramienta para quitarle a una película de género western una de sus características principales: los amplios planos de paisajes.
Porque la cinta es una deconstrucción o desmitificación del género y de lo que nos cuenta en varios sentidos. Evadiendo la acción fácil, los duelos al sol, los pistoleros ceñudos y los asaltos de los indios, El atajo de Meek se centra en el interior de sus personajes y en sus pequeños gestos. En una historia que fue la de cientos de colonos más y que no tiene por qué tener nada de especial. Llena de silencios largos y planos contemplativos a más no poder, la directora solo permite que sus personajes exterioricen sus emociones mediante gestos y movimiento, en lugar de haciendo uso del diálogo. Es, por tanto, una película tremendamente visual, llena de planos detalle de tareas cotidianas que van acompañadas en muchas ocasiones, que no en todas, de conversaciones más bien banales o que no dicen tanto como la imagen que estamos viendo.
Son en el fondo personajes muy expresivos, que buscan algo y que no van a encontrarlo, embarcados en un viaje que puede entenderse de una manera espiritual o más terrenal, plagado de simbolismo de entre los cuales me quedo con el yacimiento de oro, cuando los personajes muerden las ansiadas y buscadas pepitas pero se dan cuenta de que eso no les da vida.
Un viaje que presenta un desarrollo del personaje de Emily interesante, permitiendo que hacia el final de la película tome las armas y sea, al fin, tenida en cuenta. Pero que también termina con la imagen de un árbol solitario en medio del desierto, un árbol de la vida, que condensa todas las esperanzas de los personajes, pero también la incertidumbre de saber si hemos alcanzado la meta o si, por el contrario, aún nos queda camino por recorrer.
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| El desierto también supone una prisión para los personajes |


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