Mel Gibson está espectacular. Al principio se me hizo raro verle con melena como si fuese Tarzán, pero la verdad que ha acabado ganándose mi respeto. Aunque pensándolo bien, ya lo tenía por producir El hombre elefante de David Lynch.
Ahora está muy de moda hablar mal de un actor/director por su vida privada (vease Johnny Depp y su caso de maltrato), lo cierto es que la de Gibson ha estado salpicada por muchos escándalos. Hace un tiempo afirmó que "los judíos eran la causa de todas las guerras" bajo los efectos del alcohol. Y fue condenado por conducir ebrio a tres años con libertad condicional. Además habló mal de los homosexuales en público. Pero para mí, hace falta separar la vida personal de la profesional.
De entre las películas que él mismo ha dirigido, la que hoy nos ocupa es una de las más exitosas, con dos Oscar a mejor director y mejor película en 1995.
Cuando vi la duración de la cinta, pensé que sería demasiado larga, pero lo cierto es que no le recortaría nada al contrario que a otras, ya que todas las escenas sirven para perfilar al personaje de William. Desde el fallecimiento de sus familiares más cercanos, hasta su arenga en la batalla de Stirling, pasando por una tradicional historia de amor de capa y espada.
De entre los personajes que acompañan a William, Stephen el Loco me ha parecido el más carismático, aunque lo cierto es que el resto se hace querer sin contarnos mucho de ellos.
La historia de Escocia le sirve a Gibson para realizar también una denuncia en contra de la opresión que sufren algunos pueblos, y a favor de su libertad para decidir, para mantener sus propias costumbres y normas, su identidad al fin y al cabo, algo que los países conquistados suelen perder. Por eso, la película es un canto a la individualidad de un pueblo y un tema que sigue vigente aún a día de hoy, por desgracia.
La cinta es larga, tres horas de filme. Esto puede jugar en contra del argumento, haciéndose pesada para el espectador, pero nada más lejos de la realidad: Braveheart es divertida, entretenida y su ritmo rara vez decae, descontando un par de ocasiones contadas.
Como curiosidad, decir que el adjetivo braveheart no se le dio a William Wallace en la realidad, si no a Robert Bruce, quién pidió que llevasen su corazón a tierra santa tras su muerte y quién derrotó a los ingleses en esa batalla que el final de la película solo nos deja intuir. Él fue el verdadero corazón valiente de la historia. Pero en realidad, a Gibson no le interesaba tanto el rigor histórico como contar una buena historia. Por esto, la batalla de Stirling le llevó seis semanas de rodaje, obteniendo unas 90 horas de vídeo.



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