Primera película iraní que veo y encima ganadora de la Palma de Oro en 1997. Fue prohibida en Irán y llegó in extremis a Cannes. Hablamos de El sabor de las cerezas de Abbas Kiarostami.
Kiarostami viene a constatar que el séptimo arte puede darnos algo más. Aunque esto suponga pedirle algo a cambio al espectador. El sabor de las cerezas no es una película que podamos ver de manera pasiva, ya que te pide que pongas un poco de empatía y reflexión de tu parte. Es una película muy ambigua y también lírica.
Nos sitúa desde el principio en una encrucijada moral, que puede hacernos sentir partícipes incluso de algo que "no está bien": un hombre, Badii, está buscando a alguien dispuesto a enterrarle en Teherán cuando se suicide esa misma noche. Él ya ha cavado el hoyo y lo único que quiere es que alguien le eche veinte paladas de tierra encima para que pueda tener una sepultura digna.
A lo largo de la película el escenario más importante será el propio coche de Badii, que a veces puede sentirse claustrofóbico (muchos planos cortos y, cuando Badii esta fuera del coche, los planos son lejanos), e iremos escuchando las conversaciones que tiene con tres personas a las que recoge, sobre esta tarea que quiere encomendarles. A todos les ofrece una suma de dinero enorme, pero lo que Badii parece no querer entender o, quizá, sea fruto de su desesperación, es que hay cosas que ni el hombre más pobre haría a cambio de la suma más grande de dinero.
Primero recoge a un militar que parece un chico recién salido del instituto, que en cuanto ve una ocasión sale corriendo. Hablando con él, Badii recuerda sus mejores años y a sus amigos, pero también como contaban mecánicamente todas las mañanas. A lo mejor espera que al ser un militar pueda llevar acabo la acción de enterrarle, pero nada más lejos de la realidad. El chico tiene ocasión de responder a algunas preguntas sobre su vida que Badii le formula, así, descubrimos que quiere volver a su tierra natal: Kurdistán (maltratadísimo el pueblo kurdo), en cuanto acabe el entrenamiento.
En segundo lugar recoge a un hombre de fe, que contempla como pecado el suicidio, ya que quitarse la vida a uno mismo sigue siendo matar. Muchas religiones consideran el suicidio un pecado, aunque algunos casos pueden aceptarse, como en el budismo, según las circunstancias.
Él se escuda en la religión para intentar que Badii cambie su objetivo, además solo Dios puede dar y quitar la vida. Aún así, Badii siempre encuentra algo para refutarle sus argumentos, ya que ayudar a un hermano no puede ser pecado.
Él se escuda en la religión para intentar que Badii cambie su objetivo, además solo Dios puede dar y quitar la vida. Aún así, Badii siempre encuentra algo para refutarle sus argumentos, ya que ayudar a un hermano no puede ser pecado.
Antes de recoger a una tercera persona, hay una escena en la que Badii observa caer la tierra por la ladera de una montaña. Todo el polvo se levanta y le envuelve mientras se sienta abatido en unas rocas. Esta escena actúa casi como punto de inflexión para el personaje, ya que en este punto no creo que todavía hubiese cambiado de parecer.
Por último, recoge a un taxidermista (en contraposición al hombre religioso) que acepta el trabajo. Es quizá la sorpresa de Badii cuando este hombre le cuenta su intento de suicidio lo que hace una especie de clic en su cabeza y le ayuda a pensar diferente. Pienso que es algo que no se esperaba, que hubiese alguien ajeno que no fuese a juzgarle y pudiese a la vez entender su situación. Badii le comentaba al hombre religioso que el podía entender su dolor, pero no sentirlo, pero ¿qué pasa cuándo encuentras a alguien que ha estado ahí abajo como tú ahora?
El taxidermista cuenta que se "salvó" al no poder colgar la soga de la rama de un cerezo, así que tuvo que subir para atarla y, cuando estaba atando la soga en la rama desde arriba, se topó con unas cerezas que sabían riquísimas. Así que se puso a comer cerezas hasta que vio el sol salir, hasta que los niños que iban al colegio pasaron por allí y le pidieron que agitase el árbol para que cayesen las cerezas. El taxidermista en ningún momento intenta aleccionar a Badii, tan solo le cuenta su experiencia íntima y personal, esperando que sea de ayuda, pero como él mismo dice, mantendrá su palabra de enterrarle si así lo desea. Esta comprensión de la situación de Badii era imposible que la tuviesen el soldado joven o el imán y eso es lo que conmueve a Badii.
El final es abierto, pero me gusta pensar que Badii decidió seguir adelante y que él también encontró sus cerezas. Las cerezas al final no dejan de ser una metáfora, para mí, de las cosas que le pueden dar sentido a tu vida. Todos tenemos nuestras cerezas e incluso los hombres que encontró Badii tenían las suyas: la tierra natal, la fe, la familia...o, en el caso del taxidermista, una visión naturalista de la vida. Y, a veces, hay cerezas que no esperamos pero que también llegan o han estado ahí siempre y no las hemos visto, dispuestas a darle sabor a nuestra vida.



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