El western es ese género injustamente olvidado en la actualidad. Pero también es ese género que ha sabido adaptarse y mutar continuamente. No hay ningún género tan flexible ni tan versátil.
Existen películas del oeste cómicas, películas del oeste con tintes de terror, películas del oeste de ciencia ficción... El western ofrece cintas muy variadas y, por tanto, personajes y situaciones muy diversos.
La película de la que quiero hablar hoy, recientemente estrenada, es un western y drama familiar a la vez. Es una muestra preciosa de lo que es el amor entre hermanos. Y es una muestra preciosa de lo que son las películas del oeste.
Jacques Audiard hace aquí un homenaje al western clásico, pero de un modo que no podía ser más moderno. Y eso es un reto, pero superado con creces. El director retuerce los esquemas básicos del género y las convenciones principales para ofrecer un producto realmente innovador.
La película abre con un tiroteo precioso en noche cerrada, no se ve nada, solo los fogonazos de los disparos en la distancia. Esto es algo que el director hace durante toda la película, a pesar de que la historia que se cuenta es muy violenta, la mayoría de las veces no se ve la acción directamente, solo destellos de ella, sonidos o, en ocasiones, fogonazos.
Y es que los hermanos protagonistas, John C. Reilly y Joaquin Phoenix, se ven envueltos en muchas trifulcas a lo largo del viaje que emprenden en busca del hombre que ha robado a su jefe. A pesar de esto, la acción no es el motivo principal de la historia, si no más bien la consecuencia de los actos previos de los protagonistas.
Ambos hermanos están desarrollados perfectamente en la pantalla y los dos actores tienen una química increíble. No cuesta nada entrar en el juego que propone Audiard, consiguiendo que nos encariñemos y sintamos compasión por dos asesinos experimentados. Porque, al fin y al cabo, el eje principal de la historia es la relación entre los dos hermanos y como esta se tensa y se destensa continuamente, apelando al amor fraternal. Hay escenas que son realmente bonitas, en las que uno cuida del otro en momentos duros.
En otro flanco tenemos a otros dos personajes muy distintos a los hermanos Sisters. Son interpretados por Jake Gyllenhaal y Riz Ahmed y su relación comienza siendo antagónica para, posteriormente, convertirse en una amistad fruto del deseo de un mundo mejor.
Esta es una de las ideas centrales de la película, el personaje de Ahmed busca construir una sociedad en la que reinen la ley, la igualdad y la democracia. Pero nada es tan fácil en el lejano Oeste, porque allí todo es una abominación. Retoma así Audiard uno de los temas clásicos de este género: el enfrentamiento entre civilización y el modo de vida previo, violento. Pero como se presenta, y como se desarrolla, no tiene nada que ver con lecturas anteriores.
La violencia tiene otro papel central en la trama, ya no solo por la ocupación de los protagonistas principales, si no por el papel que ha jugado en su desarrollo a lo largo de su vida. De todos modos, incluso en el lejano Oeste, sigue habiendo gente que confía en que haya modos mejores de solucionar las cosas.
A parte de ciertos temas, los personajes también se desarrollan y ninguno es el mismo al final de la película que cuando empezó.
Como no podía faltar en un western, los paisajes son protagonistas y en más de una ocasión tendremos unos minutos para contemplar preciosas montañas, ríos o incluso, el mar. Elemento, por otro lado, muy raro en una película del oeste. También es raro que aparezca una ciudad tan grande como San Francisco, ya que estamos acostumbrados a los pueblos pequeños.
Para todos los que dicen que las películas del oeste son todas iguales, les invito a que paguen una entrada de cine y vean esta película. Porque el western nunca muere y el western seguirá mutando y adaptándose a los tiempos corren.


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